LA PECERA DE LA ESPERANZA

Recuerdo cuando entré por primera vez en una UCI.
Mi amigo de la infancia Gonzalo fue atropellado, un accidente que casi lo dejo sin vida. Lamentablemente fue el inicio de muchas otras que después llegaron.
Y empatizo con todos los seres humanos que lo han hecho en estos últimos meses.
Nunca se imagina uno en una situación como esa, ni quiere ni debería existir y, sobre todo, no debería padecerse. Primero, por el enfermo y, segundo, por sus familiares.
La sensación fue extraña: miedo, impotencia, ignorancia y ganas de besar al ser querido que uno tiene yaciendo en la cama.

Una de las cosas que he aprendido es que, con humor, el sufrimiento es menos sufrimiento, el dolor es menos dolor y la tristeza es menos tristeza.
Allí vi que el personal sanitario debajo de sus pijamas y batas tienen alas.
¡Qué decir de los ángeles que cuidan de ellos! Que son eso, ÁNGELES. Sus alas son la simpatía, la ternura y la profesionalidad. Personal de limpieza, enfermeros, ATS y médicos.
Ellos son simplemente, un espejismo, un oasis en este desierto.
Su hogar se convierte en el tuyo, el hospital. Y la sala de espera donde dan la información y esperas a verlos, un torbellino de sentimientos; alegría y tristeza, de humor y desaliento.
El de ellos, los que su vida está pendiente de un hilo, es esa que yo acabe bautizándola como “la pecera de la esperanza”
Dedicado a Fafy y a todos los seres humanos que tienen alas como el.

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