Año

Hay días en los que uno sólo encuentra consuelo en la escritura para describir lo que es un año en un individuo. A mí, escribir me conecta con mi esencia. Es lo que más me gusta y me encuentro pleno cuando lo hago. Uno puede encontrar el equilibrio en regiones torcidas, las cuales están repletas de palabras que dibujan el devenir de nuestro ciclo vital. 

Son las que nos han enseñado tantas cosas que tengo que estar tremendamente agradecido con ella.

A ser mejor persona, más realista, más honesto, más generoso, más exigente conmigo mismo, más conectado con el mundo, más autocrítico, más empático. A que el dinero no da la felicidad y a que ni siquiera ayuda; a que soy agua y huesos, ni más ni menos; a admirar las pequeñas cosas de la vida, como lo eran las manías de mi padre; a querer y a dejarme que me quieran; a renacer, a reconstruir, a luchar, a respirar; a seguir dando de lo que cuesta y no se tiene; a pedir perdón, a amar sin reservas (que ya era hora), a que uno no debe cansarse de repetir y decir la palabra te quiero hasta gastarla. A ver qué tengo familia, amigos y conocidos maravillosos, a vivir; sí a vivir, que es aquello que diferencia a los que estamos aquí de aquellos que nos dejaron.

No dejéis de soñar en grande. Es, junto con el amor, el motor que mueve la humanidad.

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